La peste de las naos: el escorbuto (II parte)

Javier Almazán Altuzarra, Doctor en Medicina
19 DIC, 2019

El escorbuto fue una de las enfermedades más terribles hasta el punto de ser conocida como la peste de las naos. En la búsqueda de una cura se intentaron infructuosamente distintos e ineficaces remedios, pero no lograrían disminuir las muertes por escorbuto hasta casi trescientos años después.

A lo largo de los años se sucedieron con profusión los escritos de médicos y las experiencias en las prolongadas navegaciones durante la exploración del océano Pacifico y el establecimiento de la ruta regular entre las Islas Filipinas y México – la travesía del famoso Galeón de Manila - una vez conocida y detallada la navegación por Andrés de Urdaneta. También padecieron la enfermedad y dejaron testimonio de ello las expediciones británicas y holandesas que se dirigieron al Pacífico desde finales del siglo XVI, atraídas por la posibilidad de saqueo de la desprotegida costa occidental de América y por el fabuloso reclamo de la Nao de Acapulco. Por entonces el escorbuto era una enfermedad conocida y reconocible, considerada como inevitable en los largos viajes transoceánicos.

Distintos e ineficaces remedios se intentaron infructuosamente, desde el lavado de los dientes con la orina o con agua de mar, el vitriolo, el mosto de malta, las coles fermentadas o la sidra que contiene apenas trazas de vitamina C, mientras prosiguieron de forma incesante las muertes por escorbuto en todas las armadas a lo largo de más de trescientos años. Los lusitanos, con mejor criterio, habían incluido en su ración marinera durante sus navegaciones por el Océano Indico la eficaz nuez de coco, al tiempo que establecieron cultivos de cítricos en sus puertos de abastecimiento de Cabo Verde, la isla de santa Elena, el cabo de Buena Esperanza, y  Mozambique.

Socorro a una nao después de una larga travesía para tratar el escorbuto. Exposición “El galeón de Manila”. Museo Naval de Madrid

 

El siguiente impulso en la búsqueda del remedio contra el escorbuto se produjo en la denominada Segunda Era de los Descubrimientos, y en concreto en la exploración del inmenso Pacífico. Durante 250 años las pocas naves europeas que habían navegado por él eran españolas en su inmensa mayoría, junto a las depredadoras exploraciones holandesas y británicas. El galeón de Manila entre Acapulco y la capital filipina era la única línea regular que lo surcaba. Sin embargo, a partir de la guerra de los siete años (1763) tanto franceses como británicos se sumaron a españoles y holandeses en la  navegación y exploración del Pacífico. Junto a la resolución del problema de las longitudes, la prevención del escorbuto se convirtió en una prioridad de las armadas de distintas naciones cuyos navegantes –Bouganville, Wallis, Cook o Malaspina – intentaron resolverla mediante la búsqueda y consumo de distintas plantas antiescorbúticas, entre las cuales destacó la coclearia, llamada scurvy gras.

A pesar de las evidencias del beneficio del consumo de verduras y frutas frescas, especialmente de naranjas y limones y de las recomendaciones de algunos médicos navales, el remedio no se aplicó de manera generalizada y el escorbuto prosiguió apareciendo. Una y otra vez el mejor remedio antiescorbútico lo constituyó la nuez de coco que constituye un alimento indispensable para la supervivencia, pues su aporte de vitamina C es el más constante y fácil de encontrar. Además se conserva adecuadamente durante meses.

En 1753 el médico James Lind publicó su célebre Tratado sobre el escorbuto sobre los resultados de un elemental ensayo clínico en el que dividió a doce hombres enfermos por escorbuto sometiéndolos a distintos suplementos alimenticios - elixir de vitriolo, vinagre, agua de mar, nuez moscada, sidra, naranjas y limones - junto a la dieta habitual: La consecuencia fue que los efectos más repentinos y visiblemente buenos se percibieron por el consumo de naranjas y limones, concluyó.

La opinión entre los médicos navales era un clamor, destacamos la opinión de Vicente de Lardizábal, médico de la Compañía Guipuzcoana de Caracas, quien describe la enfermedad y comenta en su libro de 1769 “Consideraciones político-médicas sobre la salud de los navegantes” en que se exponen las causas de sus más frecuentes enfermedades, modo de precaverlas:

“No conocemos mejor remedio para curar y prevenir las enfermedades de los navegantes, que limones, naranjas, frutas de baya roja y otras frutas ácidas.”

Ya en el año 1794 tanto Antonio Corbella, médico y cirujano de la Armada Real, como Antonio de la Rosa, publicaron sendos trabajos en los que recomendaban el uso  de vegetales y el zumo de limón con preferencia en la prevención y el tratamiento del escorbuto. Sin embargo, sus recomendaciones fueron desoídas y como consecuencia continuaron produciéndose casos de escorbuto.

En aquellos años no se podía entender la compleja realidad de los trastornos nutricionales como el escorbuto o el beri-beri. Fue finalmente el médico de la Royal Navy, Gilbert Blane quien conjugó las evidencias obtenidas mediante la experiencia con la aplicación de un eficaz remedio preventivo. Sus recomendaciones incluían el consumo obligatorio de una pequeña pero eficaz administración de zumo de lima – 22 cl. - mezclada con ron, el famoso grog, lo que fue motivo de burla plasmado en la denominación despectiva de limeys a los marinos ingleses. A partir de 1795 el suministro de zumo de limón en la armada británica fue obligatorio. Sus resultados fueron magníficos y las bajas por el escorbuto disminuyeron notablemente.

Las recomendaciones organizativas británicas fueron seguidas por la mayoría de los países. En España aún habría de transcurrir algunos años más. En fechas tan tardías como 1866 todavía se produjeron casos de escorbuto durante el viaje de circunnavegación de la fragata Numancia, el primer acorazado que dio la vuelta al mundo y que no se libró del azote de la terrible enfermedad.

En el tercer y último artículo de esta serie dedicada al escorbuto, veremos cómo esta enfermedad también se mostró en toda su crudeza a lo largo de la expedición de Magallanes y Elcano, especialmente en la tripulación de la nao Victoria que se llevó la peor parte.